25/01/2012
Las empresas y sus marcas se enfrentan a más desafíos y a más exigencias por parte de sus clientes, de sus empleados, de las comunidades en las que operan, etc. Se les exige no solo que asuman sus responsabilidades por el impacto que pueden tener sobre las personas, sobre la sociedad y sobre la naturaleza, sino que ayuden a transformar el mundo para mejorar las vidas de las personas, el bienestar de las comunidades y el futuro del planeta.
Unos objetivos muy ambiciosos y que no solo tienen que ver con la función normalmente atribuida a las empresas, crear riqueza económica. Lo elevado de las expectativas agranda la brecha entre las empresas y las percepciones de la gente. Esta brecha se traduce en una pérdida de confianza y de reputación alarmante en ciertos sectores y casos. La reputación de las empresas se encuentra en niveles desconocidos. Solo un puñado de marcas son consideradas necesarias y significativas para la sociedad y las personas a las que sirven, el resto son prescindibles.
Las compañías tendrán que entender y atender los deseos y necesidades de las personas, no sólo las materiales, sino también las, llamémoslas, “espirituales” que nacen de la necesidad de sentido y de propósito. Además, tendrán que asumir cada vez más su responsabilidad sobre lo que Michael Porter y Mark Kramer llaman “externalidades” e incluir las consideraciones sociales y medioambientales en el centro de su propia razón de ser, no como algo que las constriñe sino como algo que les permite crecer más y mejor.
Tomado de: Puromarketing.com
